Pablo era el ser mas increíble del mundo.
Había estudiado lenguas modernas, era actor, conocía de memoria los versos de Neruda y de Garcilaso, preparaba cocteles y discursos a terceros, movía el cielo con los dedos y yo sabía que todo era cierto. El gran problema era que el necesitaba que todos supieran que era cierto.
Comenzó educando los taxistas, corregía los señores, daba clases a las señoras en las filas de los mercados, instruía a los compañeros de silla en el cine.
Pablo era el ser más increíble del mundo, pero necesitaba que todo el mundo lo supiera… y antes de tener que matarme o matarlo decidí huir.
Mil años después llega José, encantador y buen amante. Inteligente locuaz y sincero pero también necesitaba corregir a todo aquel se equivocara, enseñar al que no supiera y demostrar para todo aquel que estuviera mirando.
Me vi, mil años después, en la misma situación vivida anteriormente. Me vi en un Deja Vu tan perfectamente dibujado que sin pensarlo dos veces estaba diciendo adiós y caminando por una empinada calle de la fría Bogotá.
¿Es necesariamente proporcional la cantidad de conocimiento con la demostración del mismo?
Soy un ser que ama y aprecia a gran escala la modestia. No la falsa modestia con el fin de ser alabados, si no la modestia simple que no quiere saturar a los demás con los conocimientos propios.
Realmente quisiera ser más tolerante y ver pasar las cosas sin que me afecten, pero las grandes exposiciones me superan. Nadie, salvo con cierta fantasía específica, quiere un eterno profesor presumiendo de su magnífico cerebro y su fabulosa elocuencia.
Sinceramente eso me puede.
Ahora solo me queda mirar a Pablo y a José como grandes, geniales personas que nunca me esforzaría en cambiar pues están más allá de los límites de mis capacidades, alejados de la órbita de mi planeta donde las cosas simples y sin complicaciones son todo lo que necesito para respirar.
domingo 31 de enero de 2010
Sobre... cosas que pasan
Catarsis de
Dark Angel
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domingo 17 de enero de 2010
Sobre comidas.
Con una sonrisa alejé el plato. -No puedo comerlo - dije con forzada decencia - cómo podría comer carne de conejo siendo ellos tan lindos, tan peluditos, tan orejones!- seguía argumentándome en el terrible panorama de comerse asado a Bugs Bunny o hacer un buen caldo con el amigo aquel de Winnie Pooh.
Mentía.
No podía imaginarme hincándole los dientes a semejante animal que, habiéndose despojado de su traje de alta sociedad, no era más que una miserable rata. Yo no puedo comerme a Mickey Mouse o a Stuart Little, y a estos por simple fobia.
Me descomponen los roedores, con o sin hermosos trajes, todos son ratas y verlos en mi plato no es algo que me apetezca. Me como las vacas porque tienen cara de tontas… las veo tan simplonas y sin gracia que simplemente me producen hambre.
Desde mi más tierna infancia he corrido de las ratas como una mariquita, me he subido a las mesas y he pedido auxilio. Son sencillamente terribles; una vez jugué con una serpiente, molesté un perro enorme, me tomé una foto con un tigre en un circo y cazaría cocodrilos si visitara el Nilo… pero roedores no, ¡por favor!
¿Los has visto, amado lector, con esos bigotes criminales, con sus caras macabras y ese disfraz de animalito indefenso? Pues uno de esos mordió un niño amigo de un amigo, y al niño le aplicaron inyecciones… EN EL OMBLIGO!!!
¿Que terrible alimaña, por el amor de Dios, es capaz de provocar un mal tan grande que te inyecten en tan mala parte?
No… China podrá comerse todos los ratones del mundo, pero yo no, ni ratón ni conejo ni ardilla ni nada… me rehusé entonces y me rehúso ahora.
Les temo, con el alma, con saltitos de mariquita y llanto de niña… y por lo tanto espero que la vida los mantenga alejados para siempre de mi camino… y de mi mesa.
Catarsis de
Dark Angel
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