domingo 28 de junio de 2009

Sobre el día del orgullo...


Somos maricas, no necesitamos la bendición de políticos corruptos y pastores pederastas. (Queer as Folk)

Hay una parte de nosotros que cree que no merecemos ser amados, así que nos enamoramos de alguien que sabemos que no podemos tener y que nunca nos amara, y tenemos fantasías sobre el día en que por fin se de cuenta y vea claramente lo que se ha perdido, y nuestros sueños se conviertan en realidad. Pero ese día nunca llega y antes de darte cuenta te plantas en los 40 y en los 50.. y sigues estando solo... no dejes que eso te pase a ti, ama a alguien de verdad, alguien que te ame. (Queer as Folk)

Soy heterosexual, muy a mi pesar (Joaquín Sabina)

No hay seducción en Grecia porque el amor es homosexual y pedagógico; una virtud, no una pasión. (Jean Baudrillard)

La homofobia contribuye a reforzar la frágil heterosexualidad de muchos hombres. (Elizabeth Badinter Catedrática y discípula de Simone de Beauvoir.)

Si no hubiera gays, el arte no existiría (Monica Naranjo)
Si hubiera nacido hombre, seria GAY (Monica Naranjo)
Nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano el matiz viene despues cuando lo hacen por debajo del mantel (Ana Torroja)

Defender el derecho de elegir la preferencia sexual no es un asunto exclusivo de las lesbianas y los homosexuales, es un asunto que compete a todos, porque llegar al punto de elegir libremente su sexualidad, es un derecho que ha costado sangre, sudor y lágrimas a las naciones modernas Abel Pérez Rojas (1970-). Educador mexicano

Yo no tengo nada en contra de los homosexuales; si nacen así, pues qué se le va a hacer, pero que no digan encima que están orgullosos de funcionar al revés (Manuel Fraga Iribarne Político español.)

No es que carezcan de sentimientos, pero muchos hombres no expresan su interés por otros hombres por temor a perder su virilidad. (Anónimo)

Pero ¿Cuál masculinidad si el hombre paga permanentemente para que una mujer u otro hombre se la reafirmen? (Anónimo)

Hola, mi nombre es Sergio Uribe, tengo 25 años y soy gay desde esa época en que puedo aportar información a mi biografía. Sé que no es fácil, pero no se me ha hecho difícil: nunca he cuestionado mi propia sexualidad ni la he pensado equivocada, lo cual es mucho más de lo que algunos pueden decir. Nunca he pensado que debo tener alguna ventaja o desventaja social, laboral o espiritual por estar enamorado de otro hombre; con quién te acuestes no te hace mejor o peor persona.

Crecí en un entorno católico y seguí sus tradiciones hasta que me di cuenta lo retrogrado, medieval y represivo de sus ideas, desde entonces me conformo con aceptar que sus ritos son bellos, como lo son los ritos de cualquier creencia religiosa. Trato de respetar, incluso a quien siento que no lo merece aunque me resulte endemoniadamente difícil.

Amé alguna vez, con todas las fuerzas de mi corazón, pero aun no estoy seguro de haber sido amado; desde entonces me he enamorado, ilusionado, deseado de tantas y tan variadas formas que creo que el sentimiento se reinventa con cada nueva persona. No creo que haya amor entre hombres o entre mujeres, simplemente hay amor.

Admiro a aquellos que de manera efectiva consiguen algo a favor de los derechos homosexuales; es admirable pues tengo la certeza de que yo nunca podría lograrlo.

Mi Mamá es mujer, mejor amiga es mujer, mis hermanas son mujeres, las mujeres me han dado tanto amor, protección y soporte que nunca podría tener una sola palabra ofensiva o despectiva por las mujeres, como suelen hacerlo algunos gay, a los cuales considero unos verdaderos maricas, maricas como los que se dejan meter la mano a los bolsillos, muy diferentes de los gay.

Mi admiración también para aquellos hombres y mujeres heterosexuales quienes se identifican y defienden la causa heterosexual; es una clara muestra de tolerancia y fraternidad.

Estoy vivo, busco mi propia felicidad y pienso pagarla al costo que sea, porque esa búsqueda es mi única obligación, amando a quien desee amar, sin temor a contarlo y teniendo plena conciencia de dos cosas: Mi nombre es Sergio y soy Gay.

miércoles 24 de junio de 2009

Sobre nuestro derecho.

Era la moto más bonita que yo había visto en mi vida.

Nunca había visto una moto nueva y menos en mi casa. Cada una de sus piezas brillaba hermosamente mientras sus colores perfectos y soñados me hacían pensar en los del libro de colorear. Montarla era una sensación maravillosa, era como cabalgar sobre la felicidad. Mi Mamá la había comprado porque la situación cada vez era más difícil y ello le ayudaría en su trabajo; cuanto esfuerzo, ¡cuánta vida recompensada en aquella hermosa maquina! Ahora era nuestro orgullo y es imposible narrar el anhelo de mi hermanito y el mío propio para que Mamá llegara a casa y nos diera una vuelta antes de cenar. Era maravillosa la sensación de espera por la certeza del pequeño paseo.

Un día Mamá llego, había olvidado unos paquetes en casa y entro unos minutos; al salir alguien había robado los espejos de la moto. Se veían igual de mutiladas la máquina y la ilusión de Mamá, salimos con mi hermanito justo para ver como ella pasaba las manos por los pequeños agujeros donde iban los espejos y cómo unas lágrimas menudas y silenciosas surcaban su rostro. ¿Qué podíamos hacer nosotros para enjugar esas lágrimas? Mi hermanito se abrazó a su pierna y ella le pasó la mano por su cabeza. Yo no puse acercarme, temía lastimarla más.

Algo, alguna cosa debía yo hacer para borrar el rastro de esa lágrima silenciosa. Algo debía yo hacer para que Mamá pudiera salir a la calle sin miedo a recibir una multa por andar sin espejos; la idea me mortificaba, mirar a Mamá silenciosa despedirse de nosotros y salir caminando cargada de paquetes mientras la moto estaba ahí, guardada, esperando un poco para volverse útil. La idea me mortificaba pero aun así no encontraba manera de ayudar a Mamá, hasta ese domingo, cuando de repente supe lo que debíamos hacer.

Le dije a Mamá que saliéramos los tres a caminar un poco y cuando llegamos a mi objetivo le conté mi plan.

Sentados frente a una iglesia y le mostré todas las motos que habían ahí parqueadas, ella solo debía indicarme cual y yo robaría los espejos adecuados para ella. Era nuestro derecho, era nuestra posibilidad de venganza; no teníamos por qué padecer cuando teníamos la posibilidad de poner la pena sobre los hombros de alguien más. Nadie podía merecer esos espejos más que Mamá y yo los traería para ella.

Mi Mamá me miró con esos ojos grandes que todo lo saben y todo lo entienden y no me respondió… no me dijo cual era mi siguiente objetivo, no me dijo cuales espejos robar para ella y borrar así la marca de aquella lagrima que aun me vibraba en el alma; estiró su mano y acarició mi cabello y de repente me trajo hasta ella y me abrazó junto a mi hermanito y dejó caer no una lagrima solitaria si no un torrente incontenible, un diluvio de sentimientos que bañando su rostro, me gritaban lo que ella de sobra sabía: por ella, por evitarle cualquier dolor y por enjugar una sola de sus lágrimas, yo era capaz de dar mi vida entera.

lunes 22 de junio de 2009

Sobre ella y yo...

Qué gran vergüenza sentiríamos tú y yo de los errores cometidos en el pasado; yo y tú, abrigados por la misma sombra y escritos de la misma manera porque siempre hemos sido uno; Tú y yo, siempre diferentes… siempre, siempre tan iguales.

Veinticinco años de amigos y solos dos ocasiones sin hablarnos: cuando no te llamé para tu cumpleaños y cuando no me llamaste para mi cirugía, pero es curioso, porque nosotros no tenemos necesidad de hablarnos, no tenemos necesidad de conocer la exactitud de lo que nos sucede, porque el guion de la vida es uno solo: condenados a estar tristes cuando el otro está triste, a reír cuando el otro ríe, a soñar con las mismas estrellas que parecen inalcanzables.

Cosas de la vida nos han dejado lejos de nuestros nidos, nos han llevado a morir de tristeza en una habitación solitaria de ciudades grises que no nos pertenecen. Si, es la verdad, entre los dos era más fácil, entre los dos incluso desdeñábamos los besos ajenos y nos reíamos de ello.

Cuando él llegó a tu vida, sentí ese miedo visceral a la perdida inevitable, sentí que de alguna manera él te arrebataría de mi y no podía tolerarlo… entonces me fijé en sus no pocos defectos, en su forma de malquererte, en la manera absurda de amar que él te brindaba… y me opuse, acompañado de todos los que te queremos, porque pensábamos que eras mucha mujer para un ser tan despreciable.

Recuerdas cuando escribí para ti esto, en este mismo blog: “Dino es una mujer complicadamente romántica, en eso nos parecemos. Ella aun cree en la salida a caminar, en la película de cine y en la chocolatina los días de visita, pero como era de esperarse, el novio es totalmente diferente, es el lado opuesto, es la versión imperfecta de un buen novio. Que la quiere no me queda duda, y por supuesto a ella tampoco, pero a él simplemente no le nace comprar el ramo de rosas en el cumpleaños ni le suena mucho la idea de salir de trabajar doce horas para luego terminar la noche en una discoteca ruidosa. Ella pretende cambiarlo, él no pretende cambiar.”

Ahora, muchos años después, me cuentas que él ha cambiado. Ahora no estoy contigo, ahora estoy uniendo Cali con Bogotá sin tu compañía. Ahora quizás soy más viejo y muy poco sabio, pero por lo menos puedo asegurarte una cosa: eres muy inteligente, mucho, tanto como yo… y en este punto de la vida el único consejo es que te dejes guiar por tu corazón y tu cerebro, porque si los combinas, ellos no se equivocan. Yo nunca seré el amigo de él, pero le estaré infinitamente agradecido si ahora puede hacerte feliz. Sé cauta pero no desconfiada, ya sabes lo que pienso de los desconfiados.

Ríe, sueña, llora, enamórate… no hay nada de malo en ello, todas esas cosas te demuestran que estas viva; todas esas cosas te hacen única e irrepetible.

Háblame… cuando quieras y como quieras… porque sabes que yo estoy aquí, con un clima diferente, con gente diferente, pero siempre aquí… total, es un cordón umbilical que no podemos romper, es una fortuna que nos pertenece desde el momento mismo en que nos parieron y que nadie podrá arrebatarnos.

Te extraño mi amiguita… te extraño mucho, y puedo decir con toda certeza: Era tan diferente cuando estabas tú… sí que era diferente cuando estabas tú.

martes 16 de junio de 2009

Sobre el monólogo de Valeria

Siempre he tenido la lluviosa sensación de que mi vida no ha empezado. Despierto cada día con ese frenesí de saber que ocurrirá, qué magnifico evento me dirá de pronto “Valeria, aquí es donde la espera termina y la vida empieza”
A veces me pregunto si en las mañana me pinto o me maquillo, no es lo mismo, podría maquillarme para lucir hermosa o podría pintarme una máscara nueva cada día; es mi decisión y sin embargo no sé cual opción es la que tomo cada mañana. Una taza de café, una mirada al periódico que me llega cada día y que nunca tengo oportunidad de leer completo y salir a ponerle la cara a ese sol extraño y forastero que dice ser igual para todos; no lo es para mí.
Las mujeres hermosas y jóvenes no deberíamos estar muriendo de cáncer.
Las bailarinas exóticas deberíamos estar preocupadas por enfermedades de la “mala vida” y no por proteger el pecho del frio de la madrugada.
Después de mis días regulares, cuando ya la noche nace, llego al bar, saludo a cada uno de los miembros de mi verdadera familia y paso a cambiarme; soy bella, soy imparcialmente bella y debería estar en una gran casa, calentando lo que sobró del almuerzo para alimentar a un esposo y a un par de hermosos hijos, pero no, yo estoy pintándome de nuevo, ahora si pintándome para salir al escenario; para sonreír a hombres desconocidos que admirarán la belleza que tienen al frente, una belleza que tienen solo para observar pero que nunca se esforzarían por conservar a su lado.
Hace algún tiempo, cuando esta etapa del camino empezaba, sentía que todas mis cualidades podían verse sobre el escenario, que la hermosa mujer llena de cosas lindas era apreciada y admirada, que mis cualidades eran como estampillas pegadas a un sobre… ruidosas estampillas que algún coleccionador despistado de repente encontraría y hallaría hermosas, dignas de ser amadas… ahora solo me interesa encontrar el fin de la espera, saber cómo empezará el futuro y entender si este inicio llegará primero que la muerte. Ya pasaron las épocas del deseo y del antojo, ya pasaron las épocas de mirar cada hombre con la ansiedad genuina de que sería él quien me sacaría del mundo, ya pasaron las épocas de la aspiración fingida que en defensa de mi honor dos desconocidos se matarían a tiros.
Ahora solamente bailo, hago mi acto, interpreto la mujer que ellos quieren que sea dado que ninguno de ellos puede ser el hombre que yo quise que fueran. Ahora simplemente miro sus ojos y adivino sus pensamientos con la certeza de que ellos nunca podrían adivinar los míos. Ahora solo pretendo estar aquí, ofrecerles el sueño que desean mientras yo finjo, mientras yo sonrío, mientras yo continúo con mi espera enorme y mis males encarnados.
Cada noche finaliza de la misma manera, recogiendo los billetes que han puesto en mi ropa interior y limpiando de mi cara la pintura, quitando la máscara y respirando con alivio por saber que de nuevo hay dinero para las necesidades. No sé cuánto tiempo habrá dinero; no sé cuánto tiempo podré venir y fingir ser otra; llegará el día que las fuerzas se acaben, que la belleza mengüe, llegaré el día que comience a pagar cara mi decisión de no visitar médicos ni alimentarme de medicinas; solo espero que ese día no llegue antes que el día del inicio de mi vida.
Me despido de todos aquellos que quiero y que me quieren, conocedora de que ese amor que me dan es lo que verdaderamente los convierte en mi familia. Ahora camino por las calles solitarias, vacías porque no hay nadie que las plague de sueños; yo no sueño, yo espero, que mi vida empiece, que la espera termine, que un evento, no se cual, me diga “Valeria, aquí comienza tu vida” entonces seré feliz, entonces sonreiré de verdad, entonces no tendré temor del cáncer o de la vejez, porque entonces y solo entonces yo misma me daré cuenta que todas las estampillas que llevo conmigo verdaderamente tienen un valor en la vida real.

viernes 12 de junio de 2009

Sobre la vida

No había otro lugar, no había otro tiempo, no había otra vida para abrir esa puerta.

Se levantó con la vaga sensación de haberse dormido solo unos minutos antes; el chico a su lado le había hecho perder la noción del tiempo y ahora era tarde para llegar a la cita prevista. Se levantó despacio, tratando de no moverse mucho y buscó entre las sabanas su ropa interior; se vistió sin ducharse y tomó su maletín. Miró al jovencito que dejaba en una cama, bueno, la verdad era que tenían casi la misma edad, pero aquel chico inspiraba una ternura tal, que lo hacía sentir ese espíritu protector que los hombres adultos sienten por los chicos menores. No lo besó antes de irse, no quería despertarlo de la inmensidad de su sueño ni quería hacer más grande su retraso para la reunión.

Tres menos cuarto en la tarde; aun no había almorzado. Se había fundido en esa particular manera de besar que el chico le ofrecía, que había olvidado por completo el hambre. Se conocieron diez meses atrás en una reunión de amigos comunes; el chico venció sus barreras, fue corroyendo de manera lenta y sistemática en Samuel todas las promesas de no volver a enamorarse, y dos semanas después ya lo tenía acorralado en su propia humanidad; él se sentía limitado por su propio cuerpo para albergar la enorme cantidad de amor que el chico le inspiraba. Cuando alguien se enamora los tiempos dejan de ser tiempos y solo se convierten en retazos incontables en los que la felicidad es la que mide todo; los minutos lejos del chico no eran más que tiempo perdido, es más, no eran siquiera tiempo, eran una maraña de caras, de gestos, de saludos, de obligaciones, todo sin sentido, todo sin motivo. Samuel hubiese querido entonces llevar un diario para escribirle cartas al chico, sacar en letras lo que le brotaba en sentimientos y liberar un poco de amor a ese cuerpo insuficiente; pero él ya era un hombre adulto, un profesional y no una estudiante enamorada y tonta; a cambio de las cartas, le rentó un apartamento. El chico estudiaba diseño y llevaba mucho tiempo en una lúgubre pensión de estudiantes. Ahora tenían un lugar común, un país independiente del resto del mundo con dos únicos habitantes que solían amarse hasta la saciedad. Samuel llamaba siempre antes de pasar al apartamento, no le gustaba llegar y encontrar una casa vacía, esto le llenaba de una angustia enorme y no había manera de soportar en silencio los minutos esperando, por eso prefería llamarlo, deleitarse con su voz y saber que era libre de conducir veinticinco minutos hasta el apartamento.

Cinco de la tarde en punto; aun no había almorzado. Horas atrás se había fundido en esa particular manera de besar que el chico le ofrecía, que había olvidado por completo el hambre y el motivo que lo habían llevado a visitarlo: los documentos de propiedad aun estaban en su maletín. ¿Cómo había podido ser tan imbécil de no recordar el motivo de su visita? Era el momento que había esperado desde hacía mucho, tener un lugar propio, vivir juntos, llegar a casa con todas las certezas que se deben tener para ser feliz. Tomarle la mano y decirle: esta es tu casa y esta es mi casa y ahora podemos crecer juntos, después de tanta espera tenemos un sueño realizado.

No podía esperar más, debía regresar, la ansiedad enorme por poner su vida en las manos del chico, por sentir la vida del chico en sus propias manos lo llevó como un demente a conducir por las calles saturadas y grises de regreso al apartamento; todo era gris cuando no estaba con el chico.

Dejo el carro mal ubicado a la mitad de la calle y subió rápido los dos pisos. Abrió la puerta con creciente nerviosismo y con la carpeta de documentos bajo el brazo y se dirigió corriendo a la habitación mientras gritaba “¡Adrian, mi vida, te tengo una sorpresa!”

Eternos segundos corrieron mientras Samuel miraba como un chico muy joven intentaba torpemente ponerse un pantalón y un Adrian desnudo, mal cubriéndose con una sabana, le decía: “mi amor, espera un momento, no es lo que estas pensando

El golpe, horas más tarde en la barra del bar, lo identificaba en la parte de atrás de la cabeza. Era un dolor verdadero, físico. Era un porrazo cataclísmico que le había volado de repente diez meses de fantasías. Tan siquiera entonces tenía fantasías, sueños, anhelos… ahora, con una copa en la mano, eso era todo lo que tenía. Lo peor era que él hubiese preferido no haber llegado, haber llamado antes, no haber comprado el apartamento. Lo peor era que él hubiera preferido conservar su ilusión; hubiese preferido encontrar otro lugar, otro tiempo, otra vida para abrir esa puerta y no ese momento preciso que le había vuelto mierda el corazón.

La vida es una basura” le dijo un borracho mal oliente que estaba sentado justo a su lado. Samuel lo miró, con todo el desprecio que podía, con toda la inmensidad de tantos pedazos de corazón que ahora no le cabían en la propia humanidad y le respondió “la vida, mi viejo… la vida es una puta

lunes 8 de junio de 2009

Sobre apuestas para perder

Hay cosas inútiles a las cuales estamos amargamente encariñados, para la muestra un botón: El dedo meñique de los pies.

¿Hay algún artilugio más inútil en todo el cuerpo? No, no lo creo, el dedo meñique del pie tiene una sola, única y macabra función: ser el portador de un callo y darse horrorosos golpes contra las esquinitas y las mesas. Aún así, ¡ese dedo que te hace tropezar no sería mutilado a gusto propio nunca! Es una debilidad pero es nuestra, nació con nosotros, lo vimos dar sus primeros pasitos y lo vimos vestir su primer uñero…. Entonces, ¿Cómo alejarlo de nuestro corazón y de nuestra anatomía?

A Diana se lo había dicho su madre, se lo habían dicho sus amigos y se lo había dicho la baraja con la carta del dos de espadas: ese hombre no iba para ningún lado. Ese hombre era simplemente un hongo emocional; no aportaba, no entregaba… llegó un momento en que simplemente era un bulto medio calvo a la otra orilla de la cama. La nostalgia enorme que producen las malas relaciones, comienzan cuando se resta lo que se tiene con lo que se desea tener… y la diferencia es enorme.

Pero el corazón siempre tiene mucho de Capitán de barco: dispuesto a hundirse con la nave, dispuesto a acompañarla hasta el final; pero, ¿Quién la puede culpar? ¿Quién de nosotros no se ha atado a un dulce tormento con la esperanza vacía de un cambio, con el anhelo de revivir pasados mejores tiempos?

¿Hasta donde llegar con la esperanza de un cambio? es una buena pregunta; ¿hasta donde podemos modificar y acomodar los comportamientos ajenos? Realmente en el paso por esta situación son más los interrogantes que las respuestas, cada quien tendrá un punto de vista diferente, habrá quien soporte malos ratos, malas noches… malos tratos. Habrá quien a la primera noche lo mande todo al demonio y ponga los puntos sobre las íes.

En mi caso son dos los puntos que me detienen y me hacen soportar: la terrible idea de la soledad, de quedarme solo de nuevo, de tener que volver a empezar o la idea de hacerle daño a la otra persona.

Flaco favor le hace al corazón la terrible idea de ser un mártir. Poca ganancia se gana de soportar en silencio: muchos malos ratos y una espera incesante en la que todo tiempo pasado fue mejor.

Finalmente Diana terminó con la relación… finalmente se dio cuenta que a la hora de saldar las cuentas, ella estaba perdiendo y que aun buscando en todas las cartas de la baraja, el futuro de esa relación no era más que una masa gelatinosa en la que nadie podría ser feliz.

Habrá quien calle, suspire profundo y se abrace con ilusión a ese mal amor aun sin identificar; a ese tumor sentimental que no hace más que succionar y engordar sin reportar ningún beneficio… nadie puede culpar esa actitud… igual, algunas relaciones siempre serán nuestros dedos meñiques del pie: Inútiles, pequeñitas, feas… pero muy nuestras.

miércoles 3 de junio de 2009

Sobre una larga cuenta... que ya pagué

Dos semanas llevado del diablo por un dolor de estomago que no tenía ni pies ni cabeza. Cinco horas solito en la sala de urgencias de un hospital, retorciéndome de dolor en la silla mientras una digna señora me contaba que ella llevaba ahí siete horas, en ayunas, y que muy probablemente no iba a poder volver a tomar café, chocolate, comer huevos, pan, frijoles… en fin, era más fácil preguntarle qué podía comer de ahora en adelante. Cinco minutos revisado por un médico (nada atractivo), diez minutos tocado por todas las terminaciones nerviosas por un grupo de tres médicos quienes radicalmente dijeron: ¡Apendicitis!

Una enfermera corría, armada hasta los dientes con ese material de tortura llamado inyección, una bolsa de suero y una gran sonrisa que yo definía burlona en medio de mi doloroso performance.

Diez minutos más en una sala de espera privada, con un frio de los infiernos y vestido solo con una bata que te deja el culo al aire, dos inyecciones más en la bolsa de suero, una camilla de cirugía, un fulano aterrado de estar por primera vez frente a tantos doctores; una máscara de oxigeno, una inyección en el suero… y todo quedó atrás.

Un dolor para moverme, un dolor para acomodarme, un dolor para todo (sin mencionar la risa que aun me hiere mortalmente y la tos que me hace ver rayos y centellas); siete vasos de gelatina, un compañero de cuarto que no respondía, tres platos de comida asquerosa.

Siete centímetros de apéndice, cuyas funciones orgánicas en todas las fuentes son descritas como “hipotéticas”… es decir, siete centímetros cuya mayor utilidad es recordarte tu frágil y dolorosa condición humana.

Mil pastillas, mil citas posteriores y una linda cicatriz que deberé cubrir con uno o dos tatuajes. Cien mil horas en mi cama, sin poder escribir, pintando de lado y sintiendome como una tortuga de espaldas.

¡Mierda… tratando de analizar todo esto, recién me doy cuenta cuan malo soy para los números!